Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana: un viaje entre historia, vino y experiencias inesperadas

Cuando me invitaron a descubrir la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana pensé en viñedos, bodegas y catas. Y sí, encontré todo eso. Pero también me encontré paseando entre minerales fluorescentes y monumentos romanos, entrando en un sepulcro con más de 4.000 años de historia y viendo cómo una botella de cava se abría con un sable siguiendo una tradición heredada de tiempos de Napoleón.

Y eso es solo una pequeña muestra de todo lo que puede ofrecer esta ruta, una propuesta que combina vino, historia, patrimonio y experiencias inesperadas que hoy te invito a descubrir.

Cata de cava en Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana

Qué es la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana

La Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana es una de las propuestas de enoturismo más singulares de España. Situada en Extremadura, reúne bodegas, viñedos, alojamientos, restaurantes y experiencias que permiten descubrir el territorio a través de sus vinos y cavas.

Sin embargo, reducirla únicamente al vino sería quedarse corto. A lo largo de esta ruta también aparecen yacimientos arqueológicos, monumentos romanos, antiguas explotaciones mineras y tradiciones que forman parte de la identidad de la región. Es una forma diferente de viajar, donde cada parada ayuda a entender mejor la historia, el paisaje y la cultura de esta parte de Extremadura.

Durante varios días tuve la oportunidad de recorrer algunos de sus lugares más representativos y descubrir que, en realidad, la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana es mucho más que una ruta enológica.

Eso es precisamente lo que hoy te invito a descubrir. ¿Te vienes a conocerla?

Dehesa en Feria

Lugares y experiencias imprescindibles en la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana

Lo que más me sorprendió de la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana fue precisamente eso: la capacidad de pasar de una experiencia a otra completamente diferente en cuestión de kilómetros.

Un momento estás recorriendo una bodega rodeada de viñedos y al siguiente descendiendo a unas antiguas minas, entrando en un sepulcro prehistórico o paseando entre monumentos romanos. Estas fueron algunas de las experiencias que más me gustaron durante el viaje.

Minas de Santa Marta: un viaje al interior de la tierra

Si alguien me hubiera preguntado antes del viaje qué esperaba encontrar en una ruta del vino, probablemente habría hablado de viñedos, bodegas y catas. Lo que desde luego no habría imaginado es que una de las primeras sorpresas me esperaría bajo tierra.

En Santa Marta tuve la oportunidad de visitar una antigua mina de vanadio y recorrer algunas de sus galerías. Un lugar que durante décadas formó parte de la historia minera de la zona y que hoy permite asomarse a un mundo que normalmente permanece oculto.

Minas de Santa Marta

Uno de los momentos más llamativos fue descubrir sus minerales fluorescentes. Bajo una luz especial, algunas de las rocas emiten colores intensos que parecen sacados de otro planeta. Es difícil de explicar hasta que lo ves con tus propios ojos.

La visita se completa con el antiguo poblado minero y el Museo Geológico, donde se puede conocer mejor la historia de la explotación y observar una interesante colección de minerales procedentes de la zona, incluidos algunos de los fascinantes ejemplares fluorescentes.

Y lo más curioso es que, casi sin cambiar de escenario, pasamos de la tierra al vino. Ya que continuamos con la cooperativa de Santa Marta, donde además de conocer el proceso de elaboración, pudimos entrar en uno de sus enormes depósitos de vino, con una capacidad cercana a los 800.000 litros. Allí dentro todo cambia: el eco, el silencio y las dimensiones del espacio crean una sensación difícil de describir.

La experiencia terminó con una cata de vinos locales, el broche perfecto para una visita que resumía muy bien el espíritu de esta ruta: lugares inesperados, historias sorprendentes y la sensación constante de que siempre queda algo nuevo por descubrir.

Minerales fluorescentes Santa Marta

Sabrage y degüelle con pluma: cuando abrir una botella se convierte en espectáculo

Si me hubieran dicho que una botella de cava puede abrirse con un sable, probablemente no me lo habría creído. Hasta que lo vi con mis propios ojos.

La escena tuvo lugar en una bodega muy especial: la que se encuentra bajo la plaza de toros de Almendralejo. Y no en cualquier plaza. El coso almendralejense presume de ser el único del mundo que alberga una bodega bajo su graderío, una combinación tan curiosa como sorprendente.

Allí conocimos al sumiller Carlos J. Vivas, que nos regaló una de las demostraciones más llamativas de todo el viaje. Primero nos mostró la técnica del degüelle con pluma. Calentó unas tenazas al rojo vivo y las colocó alrededor del cuello de la botella. Después pasó una pluma humedecida en agua fría por el cristal y, en cuestión de segundos, la botella se abrió limpiamente ante nuestra mirada. Una técnica tradicional que hoy sigue utilizándose especialmente en algunas bodegas de Oporto.

Cuando todavía estábamos comentando lo que acabábamos de ver, llegó el momento más esperado. Carlos tomó un elegante sable, inclinó la botella y, con un movimiento rápido y preciso, golpeó el cuello. En una fracción de segundo, la parte superior salió despedida y la botella quedó abierta de forma impecable.

Confieso que me pareció fascinante. No solo por la destreza necesaria para hacerlo, sino también por la historia que hay detrás. La técnica del sabrage se asocia a los tiempos de Napoleón, cuando los oficiales de caballería celebraban sus victorias abriendo las botellas con sus propios sables.

De repente, abrir una botella de cava dejó de parecer algo cotidiano para convertirse en todo un espectáculo. Confieso que durante unos segundos pensé que parecía fácil. Durante unos segundos. Después decidí que era mejor dejar el sable en manos expertas.

Degüelle con pluma en Almendralejo Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana

Sepulcro prehistórico de Huerta Montero: 4.600 años bajo los viñedos

Si las minas ya me habían parecido una sorpresa dentro de una ruta del vino, lo que vino después fue todavía más inesperado. En Almendralejo visitamos el Sepulcro Prehistórico de Huerta Montero, una construcción con más de 4.600 años de antigüedad. Pero lo mejor es cómo apareció. Fue descubierto de manera completamente casual en 1988, en mitad de unos viñedos. Como si la tierra hubiera decidido guardar durante milenios uno de sus secretos y, de repente, revelar que llevaba allí todo el tiempo. Parece que en esta tierra basta con excavar un poco para encontrarse con la historia.

Aquel lugar fue utilizado como enterramiento colectivo y espacio ceremonial durante la Edad del Cobre, en pleno III milenio a.C. Pensar que bajo estos campos que hoy producen uvas hubo personas reuniéndose aquí hace más de cuatro mil años resulta sorprendente.

Pero la historia no termina ahí. Como ocurre en algunos de los grandes monumentos prehistóricos europeos, la tumba fue diseñada para dialogar con el sol. Durante el solsticio de invierno, los primeros rayos de luz atraviesan el corredor e iluminan la cámara funeraria, un fenómeno que los arqueólogos relacionan con antiguas ceremonias dedicadas a los difuntos y al renacimiento del sol.

Más de cuatro milenios después, la luz sigue entrando exactamente por donde sus constructores la imaginaron.

Sepulcro prehistórico de Huerta Montero

Museo del Cava: la historia de un pionero

Reconozco que antes de este viaje asociaba el cava a otros lugares de España, pero no a Extremadura. Por eso una de las visitas que más me sorprendió fue la del Museo del Cava de Almendralejo.

Allí nos recibió Marcelino Díaz, una figura clave para entender cómo comenzó la elaboración de cava en esta tierra. Y no como observador, sino como protagonista. Fue el responsable de elaborar el primer cava de Almendralejo allá por 1983, convirtiéndose en uno de los pioneros de una historia que continúa escribiéndose hoy.

La visita permite recorrer esa trayectoria a través de documentos, fotografías, botellas históricas y numerosos reconocimientos obtenidos a lo largo de los años. Pero, sinceramente, lo mejor no está en las vitrinas.

Lo mejor es escuchar a Marcelino.

Su relato transmite la pasión, la constancia y también la valentía que hizo falta para apostar por algo que entonces parecía poco habitual en esta región. Gracias a sus explicaciones entendí mucho mejor el mundo del cava, un producto que muchas veces damos por conocido, pero del que en realidad sabemos bastante menos de lo que creemos.

Y salí de allí con la sensación de haber conocido no solo una historia empresarial, sino también a una de las personas que ayudó a construirla.

Museo del Cava

La dehesa extremeña: donde nace el ibérico

Conocía la dehesa extremeña, pero nunca la había recorrido de esta manera. Subidos a un vehículo 4×4 nos adentramos en uno de los paisajes más característicos de Extremadura, atravesando caminos rodeados de encinas y descubriendo de cerca el territorio donde se crían los cerdos ibéricos. A lo lejos, dominando el horizonte, aparecía la silueta del Castillo de Feria, aportando todavía más belleza a un entorno que ya de por sí resulta espectacular.

Durante el recorrido aprendimos mejor qué es realmente la dehesa: un ecosistema único en el mundo, modelado durante siglos por la mano del hombre y considerado uno de los espacios naturales de mayor valor ecológico y paisajístico de la península. Un paisaje que no solo es hermoso, sino también fundamental para la producción de algunos de los mejores productos gastronómicos de España.

Y precisamente ahí estaba la siguiente sorpresa. Al final de la ruta nos esperaba Juan Miguel Zambrano, propietario de Arizar Selecto, para ofrecernos una auténtica clase magistral sobre el corte de jamón. Ver trabajar a un buen cortador siempre resulta hipnótico, pero todavía más cuando cada loncha termina confirmando lo que prometía el paisaje que acabábamos de recorrer.

Después llegó el momento de la degustación. Jamón 100% ibérico, acompañado de lomo, chorizo, salchichón y morcón elaborados de forma artesanal. Todo maridado con vinos y cavas de la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana.

Confieso que he probado muchos ibéricos a lo largo de los años, pero pocos tan memorables como aquellos. De esos sabores que consiguen resumir un territorio entero en un solo bocado.

En la Dehesa extremeña

Entre viñedos y bodegas: la esencia de la ruta

Aunque durante el viaje encontré muchas sorpresas alejadas del mundo del vino, sería imposible hablar de la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana sin dedicar un espacio a sus bodegas.

Además de la ya mencionada Cooperativa de Santa Marta, tuve la oportunidad de visitar otras dos muy diferentes entre sí.

La primera fue la Bodega Palacio Quemado, situada en Alange. La familia propietaria de estas tierras lleva vinculada a ellas desde el siglo XVIII y eso se percibe en cuanto llegas. Antes incluso de entrar en la bodega, el paisaje ya merece la visita: viñedos que parecen perderse en el horizonte y una sensación de calma que invita a detenerse y disfrutar del entorno.

Muy diferente, aunque igualmente interesante, fue la visita a la Bodega Pago de las Encomiendas, en Villafranca de los Barros. Una bodega moderna, elegante y comprometida con la viticultura ecológica. Allí descubrí algunas prácticas ligadas a la agricultura biodinámica que me llamaron mucho la atención, como el uso de preparados orgánicos elaborados en cuernos de vaca que se entierran en el viñedo para favorecer la fertilidad del suelo y su actividad biológica.

Dos formas distintas de entender el vino, pero con algo en común: el profundo vínculo con la tierra de la que nace.

Viñedos del Palacio Quemado Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana

La gastronomía extremeña: mucho más que un acompañamiento

Una de las cosas que más me gustó de este viaje fue comprobar que la gastronomía no aparece aquí como un simple complemento de la ruta, sino como una parte fundamental de la experiencia.

A lo largo de los días tuve la oportunidad de descubrir la cocina extremeña desde diferentes perspectivas, siempre acompañada por los vinos y cavas de la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana.

En el espacio gastronómico del Parador de Mérida, probamos algunos de los sabores más representativos de la región. Desde el tomate de Miajadas en tres texturas hasta el zorongollo extremeño con perdiz escabechada, pasando por el lomo doblado ibérico de bellota en manteca, el bacalao al estilo monacal o un magnífico cordero Corderex a la brasa. Y para terminar, dos clásicos de la repostería extremeña reinterpretados de forma contemporánea: la técula-mécula y los repápalos.

La experiencia continuó en Vaova, uno de los restaurantes más reconocidos de Mérida. Allí disfrutamos de una propuesta donde tradición e innovación conviven con naturalidad. Recuerdo especialmente el arroz meloso de carrilleras, el solomillo de cerdo con patatas revolconas y un espectacular hojaldre de crema con cobertura de chocolate y almendras que puso el broche final a la cena.

Y en Almendralejo, la Tapería & Vinoteca Lonja 77 nos recibió con una selección de jamones, quesos y otros ibéricos extremeños y una carrillada sabrosa, todo ello acompañado por vinos y cavas de la zona. Un final perfecto para seguir descubriendo el enorme peso que tiene la gastronomía en esta tierra.

Porque si el vino ayuda a entender el territorio, la cocina termina de contarlo. Y en la Ruta del Vino y Cava Ribera del Guadiana ambas cosas van siempre de la mano.

Cena en restaurante Vaova

Mérida, la última gran sorpresa

Y cuando crees que la ruta ya no puede ofrecerte más, aparece Mérida.

Porque después de recorrer minas, viñedos, bodegas, dehesas y sepulcros prehistóricos, uno podría pensar que ya lo ha visto todo. Pero aún queda una última sorpresa. Y no es una cualquiera. Podría ser Roma. Pero es Mérida.

Paseas por sus calles y, casi sin darte cuenta, aparece la historia. Primero el Puente Romano. Después el Templo de Diana. Más adelante el Arco de Trajano o el Pórtico del Foro. Monumentos que en cualquier otro lugar serían la gran atracción de la ciudad y que aquí forman parte del paisaje cotidiano, integrados en la vida diaria como si llevaran dos mil años esperando a que alguien se detenga a mirarlos.

Y es que, en cierto modo, así ha sido.

Fundada en el año 25 a.C. como Augusta Emerita, la ciudad conserva uno de los conjuntos arqueológicos romanos más importantes de España y de toda Europa. Pero lo que más me llamó la atención no fue la cantidad de monumentos, sino la naturalidad con la que conviven con la ciudad moderna.

De repente aparece una columna romana entre edificios, un templo en mitad de una plaza o una puerta monumental al final de una calle. No tienes que ir a buscar la historia. La historia aparece sola.

Y quizá por eso me pareció el broche perfecto para este artículo. Porque resume muy bien todo lo que había vivido durante los días anteriores. Una tierra donde el vino convive con la arqueología, donde los viñedos esconden sepulcros prehistóricos y donde una ciudad fundada por Roma sigue formando parte de la vida cotidiana más de dos mil años después.

De esos lugares que consiguen sorprenderte incluso cuando crees que ya no quedan sorpresas.

Templo de Diana de Mérida

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wircky

Me llamo Cristina. Me apasiona la fotografía, viajar y escribir, así que en 2014 decidí combinar mis 3 aficiones, y surgió Los viajes de Wircky.

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