Kirkjufell: la montaña más fotografiada de Islandia
Hay lugares que se quedan grabados en la memoria incluso antes de haberlos visitado. Kirkjufell es uno de ellos. Da igual cuántas veces la hayas visto en fotos, en Instagram o en documentales sobre Islandia: cuando la tienes delante, pasa algo distinto.
La he visto en dos momentos muy diferentes de mi vida y en dos estaciones opuestas. En verano, bajo el sol de medianoche. Y once años después, en pleno invierno islandés. Dos visitas, dos paisajes y una misma sensación: estar ante uno de esos lugares que no se olvidan fácilmente.
¿Qué es Kirkjufell y por qué es tan fotografiada?
Cuentan que Kirkjufell es la montaña más fotografiada de Islandia. Se encuentra en la península de Snæfellsnes, junto al pequeño pueblo pesquero de Grundarfjörður, y destaca por su forma casi perfecta, aislada y reconocible desde cualquier ángulo.
Con unos 463 metros de altura, no es especialmente alta, pero su silueta cónica, rodeada de mar y sometida a cambios de luz constantes, la convierte en una imagen inconfundible del país. La estampa más famosa de Kirkjufell es junto a sus cascadas, que refuerzan todavía más su carácter fotogénico. Y por cierto: ¡es un volcán!
A lo largo de los años se ha hecho mundialmente famosa tanto por la fotografía de paisaje como por su aparición en series como «Juego de tronos», y por supuesto en Instagram. Pero verla en persona —en cualquier estación— tiene algo difícil de explicar.
Mi primera vez en Kirkjufell: verano, sol de medianoche y 500 kilómetros a cuestas
Mi primer encuentro con Kirkjufell fue en el verano de 2014, después de una jornada larguísima de carretera. Salimos de Mývatn, pasando por la cascada Godafoss, Akureyri, la granja de césped de Glaumbær y la iglesia negra de Víðimýrarkirkja. Más de 500 kilómetros después, llegamos al pequeño pueblo pesquero de Grundarfjörður, cansados pero con esa sensación tan islandesa de que cada kilómetro merece la pena. Y es que nos esperaba una panorámica preciosa que hizo olvidar de golpe todo el cansancio.
Allí estaba Kirkjufell, apareciendo casi de golpe, recortada contra el cielo, con el sol de medianoche bañándolo todo de una luz suave y eterna. No fue una llegada épica ni grandilocuente, fue más bien silenciosa. Era medianoche. Bajamos del coche, respiramos hondo y entendimos al instante por qué esta montaña es tan especial.
En verano, Kirkjufell es verde, muy verde, amable y abierta. El paisaje invita a quedarse, a pasear sin prisa, a buscar ángulos mientras el reloj deja de importar. Recuerdo estar allí de noche, con luz de día, haciendo fotos sin mirar la hora y pensando que Islandia tiene una forma muy suya de romperte los esquemas.
Volver en invierno: otro mundo
Once años más tarde he vuelto a encontrarme con esta montaña tan fotogénica, esta vez en invierno y con un aspecto completamente distinto. Todo el verde vibrante que la cubre en verano se vuelve amarillento y marrón en los meses fríos, y si la hubiera visitado unas semanas antes, habría parecido casi otro lugar. Porque el invierno en Islandia hace magia: todo se vuelve más silencioso, más blanco, más contundente. Kirkjufell se rodea de nieve y sus cascadas se congelan a medias, transformando por completo el paisaje.
Aurora boreal: si tienes suerte
Este año, al ser invierno, fui con la esperanza secreta de ver la aurora boreal allí, pero no hubo suerte y ese día las nubes lo impidieron. Si nos hubiésemos alojado más días en la zona, probablemente lo habríamos conseguido, pero tuvimos que elegir entre quedarnos o seguir recorriendo la isla, y optamos por lo segundo.
Conozco amigos fotógrafos que han dormido allí varias noches para cumplir ese gran sueño, porque ver una aurora boreal sobre Kirkjufell es uno de esos momentos viajeros que no siempre se dan, pero que cuando ocurren se quedan grabados para siempre. Depende del sol, de las nubes, de la paciencia y, sobre todo, de la suerte. Aun así, Kirkjufell tiene algo especial: incluso esperando, incluso sin aurora, el lugar ya merece la pena.
La noche en invierno es larga, el frío aprieta y el silencio es casi absoluto. Estar allí, con la montaña recortada contra el cielo oscuro, mirando hacia arriba una y otra vez, forma parte de la experiencia. Y cuando la aurora aparece —aunque sea tímida, aunque no sea verde fosforito como en Instagram— todo cobra sentido.
¿Merece la pena?
Para mí, sí. Las dos veces. En verano porque me sorprendió, y en invierno porque me confirmó que hay paisajes a los que uno debería volver. Aunque solo sea para comprobar que siguen ahí. Que siguen siendo ellos. Y volveré una tercera para intentar cazar allí la aurora boreal.
¿Merece la pena ir expresamente por la aurora? Si eres realista con las expectativas, también. Pero Kirkjufell no es solo un “spot de auroras”: es un lugar espectacular de día, al atardecer y de noche, haya luces en el cielo o no.
Consejos prácticos para visitar Kirkjufell
Kirkjufell es fácil de visitar si vas en coche, ya que está al lado de la carretera cerca de Grundarfjörður. Pero no conviene ir sin tener en cuenta algunos detalles. El primero, el respeto por el entorno: hay caminos marcados y zonas frágiles que es importante no pisar.
El tiempo cambia rápido, así que incluso en verano conviene llevar ropa impermeable y cortavientos. En invierno, el frío, el hielo y el viento pueden ser intensos, y caminar con cuidado es clave. Lleva botas impermeables y ve con calma.
Mi consejo principal es ir sin prisas. La luz cambia constantemente y Kirkjufell gana mucho si te quedas un rato, observas y esperas. Y aunque la foto clásica con las cascadas es preciosa, merece la pena explorar otros ángulos… o simplemente disfrutar del lugar sin cámara. Si quieres foto sin gente, madrugar funciona.
Cuándo visitar Kirkjufell
Kirkjufell cambia mucho según la estación, y por eso no hay una única respuesta. En verano es verde, luminosa y amable, con el sol de medianoche alargando los días hasta que el tiempo deja de importar. En invierno es más dura, más silenciosa y mucho más exigente, pero también más impactante, con nieve, hielo y la posibilidad —si hay suerte— de ver la aurora boreal.
Yo no sabría con cuál quedarme. Son dos experiencias muy distintas y, a la vez, igual de memorables. Quizás la clave sea esa: no elegir una, sino volver.




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